Y la verdad será nuestra defensa
Han pasado más de 10 años desde la noche en que los asesinos irrumpieron en la vieja casona del jirón Huanta 840. Si hasta entonces muchos dudaban de la magnitud de los horrores de la guerra –en la medida que sucedían allá, lejos en pueblos de nombres hasta entonces ignorados-, los cuerpos regados de quince humildes vecinos, plebeyos de hoy –parafraseando al cantor de aquellos barrios-, disiparon toda duda. La distancia entre Chuschi, Uchuraccay o Accomarca y la plaza de armas de Lima se había cerrado, la voluntad de exterminio se enseñoreaba tanto de la ciudad como de los humildes y olvidados pueblos. ¿Por qué ellos? ¿Por qué aquella noche? Las víctimas no lo sabrán nunca; sus deudos y algunos sobrevivientes no aceptarán jamás explicación alguna. La irracionalidad es también parte de la estrategia: Demostrar que se está dispuesto a ir más allá de todo límite para paralizar al adversario. Los escenarios tampoco son arbitrarios a los coches bomba, en barrios residenciales responden los rastrillajes en barrios populares; a los asesinos selectivos en cualquier calle, responde el crimen masivo en cualquier callejón. Más aún si está ubicado en un lugar por centurias identificado con indios, mestizos pobres, negros callejoneros, locos y enfermos, criminales y muertos.